martes, abril 10, 2018

CFP: Los discursos del odio (Revista de la AE-IC)

RAEIC, Revista de la Asociación Española de Investigación de la Comunicación abre su llamada a propuestas para los artículos del monográfico sobre “Los Discursos del Odio” del número 12 de la revista. El plazo para la entrega de los textos definitivos es el 10 de mayo de 2019.

Convocatoria completa: https://goo.gl/asP9AY

lunes, marzo 19, 2018

Doris Graber (1923-2018): Adiós a una pionera


Publicado en La Revista de ACOP, Núm. 25, Marzo de 2018

A Doris A. Graber se la conoce en EE.UU. como la decana de los estudios de comunicación política. Afortunadamente, el reconocimiento la acompañó en vida. Su libro Media power in politics es una de las antologías sobre el campo más consultadas y traducidas (ha conocido sucesivas ediciones y actualizaciones a lo largo de los años) y uno de los premios de la American Political Science Association (APSA) al mejor ensayo sobre medios y política lleva su nombre desde hace años.

La presencia de Doris A. Graber en el claustro de profesores de la University of Illinois at Chicago fue una de las principales razones por las que incluí a dicha universidad y su departamento de comunicación en mi lista de solicitudes para cursar un máster de investigación cuando recibí una beca de la Fundación Barrié en 2003. Por razones de incompatibilidad de horarios no pude matricularme en su curso sobre comunicación política, pero tuve la enorme suerte de contar con ella para la composición del tribunal de evaluación de mi tesis de maestría, que versaba sobre el papel de Internet en la captación de activistas políticos.

Por aquel entonces (hablo del año 2005) estaba reciente la épica de la campaña insurgente del candidato demócrata Howard Dean, que supo capitalizar su oposición a la guerra de Irak y su izquierdismo sin complejos para disputarle las primaras al eventual ganador, John Kerry. Pero su histórica campaña de micro-donaciones y generación de círculos de activistas a través del sitio web meetup.com fueron el germen de la PAC Democracy for America y el campo de pruebas de otra campaña histórica, ésta apoyada ya en las redes sociales como Facebook o Twitter, la de Barack Obama.

Para destacar la relevancia de Doris Graber en nuestro campo, utilizaré la misma analogía a la que recurría para hacerle ver a mis colegas legos en comunicación política que me había tocado una especie de lotería académica: para un estudioso del papel de los medios en la democracia, tener a Doris Graber en tu comité de tesis es como para un actor contar con Lauren Bacall en su tribunal de evaluación en el Actors Studio. Cierto es que la profesora Graber se me parecía más a otro personaje televisivo, la Angela Channing interpretada por Jane Wyman. La comparación se limitaba al aspecto físico, porque la Dra. Graber carecía de cualquier atisbo de perfidia. Era más bien perspicaz y, como otro gran maestro que nos dejó hace poco, Kevin G. Barnhurst, con el que compartía universidad, daba cancha a sus discípulos, publicando de manera conjunta con ellos para auparles en sus carreras.

Quizá mis recuerdos sean muy anecdóticos, pero ahí van: frente a mi escepticismo hacia una figura como Dean, al que veía como demasiado izquierdista para un país tan conservador, hasta el punto de considerarlo como inelegible, Graber apuntó que era un candidato interesante (“he was an intriguing candidate”). Frente a la ignorancia de mi juventud, Graber supo advertirme que había otros lugares de reclutamiento de activistas diferentes a Internet: los campus universitarios y las iglesias, entre otros. Acudí a la defensa de mi tesis de maestría con uno de los libros de Graber, Processing politics: Learning from television in the Internet age, para que me lo dedicara. Cabe apuntar que este libro fue pionero en su momento al recurrir a los recientes avances en neurología para demostrar que el procesamiento de información política es más fácil y asequible a través de los medios audiovisuales. Contentísimo con su dedicatoria, se me escapó un efusivo “¡muchas gracias, lo guardaré y se lo enseñaré a mis nietos!” Graber rió el comentario: “You are thinking far ahead!”

Recuerdo también que en las Navidades siguientes le envié una caja de bombones gallegos (unas deliciosas Pedras de Santiago que combinan almendra y chocolate) y me respondió amablemente con una tarjeta manuscrita que todavía conservo (aunque no sé muy bien dónde).

En fin, sirva esta pequeña y apresurada semblanza como un recuerdo cariñoso a una gran mujer y gran académica que contribuyó de manera decisiva a la consolidación y el prestigio científico de nuestro campo.

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miércoles, marzo 14, 2018

Pippa Norris en Madrid


La profesora Pippa Norris. Crédito de la foto: Martha Stewart, Boston Globe

Una de las grandes figuras de la investigación en comunicación política y, por extensión, de las ciencias sociales contemporáneas, visitará Madrid el martes, 20 de marzo de 2018. Se trata de la profesora Pippa Norris, de la Universidad de Harvard, que impartirá la lección inaugural de un encuentro sobre comunicación política populista. Su charla lleva por título, precisamente, el de su próximo libro, en co-autoría con su sempiterno colaborador Ronald Inglehart, “Cultural Backlash: Trump, Brexit, and the Rise of Authoritarian Populism”.

De entre sus múltiples contribuciones a nuestro campo, Norris será siempre recordada por su seminal libro A Virtuous Circle? Political Communications in Post-Industrial Democracies (Cambridge, 2000). Desde su propio título alude al círculo virtuoso que se produce entre el consumo de medios de comunicación y participación política, dificultando el establecimiento de una causalidad lineal: ¿conduce la lectura de noticias a la implicación en asuntos públicos? ¿O es el interés en los problemas del país lo que motiva el consumo de medios?

Norris destaca por su habilidad para procesar y explicar los datos cuantitativos de una manera asequible. Siempre encuentra la tabla o el gráfico adecuado para ilustrar un punto relevante de su argumento, y lo hace de manera magistral. Su producción académica es apabullante, pues ha publicado libros y artículos que se han convertido en referencia para el estudio de temas de máxima trascendencia social, desde la brecha digital a la presencia de mujeres en política, pasando por el ascenso de la extrema derecha o su preocupación más reciente, la integridad de los sistemas electorales.

Norris, que destaca en las conferencias de la América que supo acogerla como académica por su impecable acento británico, es conocida por su colaboración con Ronald Inglehart en el análisis de las sucesivas oleadas de la Encuesta Mundial de Valores. Recuerdo particularmente su artículo para Foreign Policy en que testaba con datos de dicha encuesta la teoría del choque de civilizaciones de Samuel Huntington. Inglehart y Norris descubrían que el controvertido Huntington estaba “half right”, o que había acertado a medias. En contra del estereotipo, el mundo árabe clama por más democracia, pero –y en esto sí que el prejuicio resulta ser un juicio acertado- los datos revelan la consideración de la mujer como una ciudadana de segunda categoría. Es decir: que los países musulmanes desean elegir a un gobierno legitimado en las urnas, pero sin que ello implique la igualdad de género. Un dato relevante a considerar cuando aún resuenan los ecos de las históricas manifestaciones del 8-M.

El encuentro que propicia la conferencia de Norris, financiado por el programa COST, también acogerá intervenciones de destacados académicos de la comunicación política, como James Stanyer or Claes de Vreese. Entre los investigadores españoles destacan Rosa Berganza, anfitriona del evento en la Universidad Rey Juan Carlos, y Karen Sanders, que también ha aportado estudios de caso sobre el populismo español al proyecto.

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viernes, febrero 02, 2018

James Harding: "Las fake news nos distraen del verdadero problema: la propaganda"


En la imagen, James Harding (izda.) junto al moderador del encuentro, el periodista Borja Bergareche.

Tras ver películas como Los archivos del Pentágono es difícil no caer en la nostalgia: los medios tradicionales le plantaban cara al poder y los periodistas eran auténticos paladines de la democracia. La industria de la prensa era rentable económicamente y sus denuncias de la corrupción gubernamental la hacían necesaria y legítima socialmente. Pero en su conferencia de este jueves, 1 de febrero de 2018, en la Fundación Rafael del Pino en Madrid, el ex director de la BBC James Harding invitó a los periodistas presentes –muchos de ellos alumni de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra, auspiciadora del evento– a sacudirse la melancolía: “los periodistas son todavía más necesarios en nuestro tiempo: los poderosos se esconden detrás de muchos más disfraces que los del gobierno”.

Gran parte del poder actual se encuentra en las grandes empresas tecnológicas. Harding dedicó su charla sobre la libertad de expresión en la era de Internet a explorar las relaciones entre dichas compañías y el gobierno, o entre lo que denominó metafóricamente el valle (en referencia Silicon Valley, el asiento californiano de la mayoría de las big tech) y la montaña (en alusión a Capitol Hill, sede del poder legislativo en EE.UU.) Harding augura en este 2018 una ola reguladora que podría acabar en la partición de los gigantes tecnológicos, cuya única vía de defensa la hallarían en la declaración voluntaria sobre sus actividades de mayor impacto social. Así, los gigantes tipo Facebook o Google deberían informar periódicamente al público su papel en casos de ciberacoso, discursos del odio, abusos sexuales, o utilización de datos personales para campañas políticas. “Esa información debería ser pública”, insistió Harding, si esas grandes compañías desean evitar la ruptura de sus monopolios.

Harding sorprendió al afirmar que “nadie que pretenda ser serio debería preocuparse por las fake news”, que el ex director de The Times entre 2007 y 2012 definió como “historias falsas que aspiran a llegar al mayor número de lectores con la intención de obtener réditos financieros o políticos”. Así, titulares falsos como “el Papa se declara a favor de Donald Trump” son para Harding el equivalente al spam en los primeros tiempos del correo electrónico: un problema de fácil solución técnica. Sin embargo, Harding cree que el debate sobre las fake news está oscureciendo el verdadero problema: la propaganda. Los regímenes autoritarios como el ruso están invirtiendo millones y millones en los medios sociales para librar lo que ellos mismos definen como una “guerra de información”. Alrededor del mundo, la democracia está en retroceso, lamentó Harding. A su juicio, la Unión Europea debería castigar a aquellos países como Hungría que restringen la libertad de prensa.

En otra elocuente analogía, Harding identificó al periodismo tradicional con una orquesta que toca para una audiencia pasiva, comparándolo con el periodismo digital, que se parecería más a un festival de música en el que artistas y espectadores construyen juntos la experiencia resultante. Si la BBC no estuviera ya inventada, observó, hoy estaríamos debatiendo la creación de una BDC (British Digital Corporation) que alumbrara una especie de “public service networking”. De hecho, el que fuera corresponsal en Washinton D.C. para el Financial Times recordó la BBC fue creada en 1922 por el gobierno británico ante el temor de que la nueva tecnología del momento, la radiodifusión, cayera bajo el control de los magnates de la prensa. Su modelo es excepcional, apuntó Harding, ya que a diferencia de los servicios públicos de ratiotelevisión de la Europa continental su financiación es independiente de los impuestos tradicionales. La tasa que pagan los ciudadanos británicos ayuda a garantizar una independencia política sin parangón en el resto del continente.

Preguntado por si en estos tiempos post-Brexit no desearía más trabajar para un medio de comunicación partidista y emocional, Harding reconoció que “es mucho más divertido decirle a la gente lo que piensas”, pero “informar sobre la actualidad de manera imparcial tiene un mayor valor de servicio público”.

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jueves, enero 04, 2018

¿Merece la posverdad carta de novedad?


La proliferación de noticias falsas no es algo nuevo. Es más, su combate es el fundamento de periodismo profesional moderno. Fue el periodista e intelectual público Walter Lippmann, escaldado por el éxito de la propaganda durante la Primera Guerra Mundial y sorprendido por la diferencia entre lo que se cocía entre las bambalinas diplomáticas y lo que se publicaba en la prensa, quien en una serie de ensayos publicados como libro bajo el título Liberty and the News (1920) sentaría las bases del periodismo del siglo XX. Los reporteros, por aquel entonces gacetilleros advenedizos, deberían licenciarse como médicos o abogados para garantizar que los hechos llegaran lo menos contaminados posible a los lectores.

Para Lippmann la auténtica libertad de prensa no consistía en favorecer una pluralidad de opiniones en sus columnas, sino en proveer una información libre de injerencias o prejuicios sobre la que construir una opinión auténticamente libre. Lippmann pedía para la prensa una independencia de la opinión pública similar a la del poder judicial, al entender que lo popular y lo justo --o verdadero-- no van siempre de la mano. Como observa su biógrafo Ronald Steel, en Liberty and the News el periodista neoyorkino ve el problema desde un punto de vista mecánico (cómo hacer llegar hechos veraces al lector), pero en libros posteriores como Public Opinion (1922) o The Phantom Public (1925) Lippmann se torna en un demoescéptico muy en la línea de Ortega y Gasset, preguntándose si en realidad el problema es, más que mecánico, orgánico: ¿y si el público no quiere conocer la verdad?

Lippmann apuntaría así a un tema clásico de la psicología social: la auto-exposición selectiva a información congenial a nuestros prejuicios. En un contexto como el actual, en el que la prensa o los periodistas han perdido el monopolio en la mediación de los asuntos públicos, la creación de ‘echo chambers’ o ‘filter bubbles’ sería todavía más fácil gracias a los feeds de Facebook o Twitter, auténticos ‘daily me’. Es decir, el terreno para las noticias falsas estaría más abonado que nunca.

Es en este momento, en el que la prensa tradicional ya no es una Biblia de consulta diaria para el ciudadano, en el que se presenta el concepto de posverdad. Aunque los hackers y los bots rusos han contribuido a incrementar la sensación de contaminación informativa, el problema de la creación de bulos o mentiras públicas tiene infinidad de precedentes, algunos bien cercanos en el tiempo, como el de la creencia en la malignidad de las vacunas, que mereció un libro de Seth Mnookin en 2011, o la mentira gubernamental de las armas de destrucción masiva en Irak en 2003.

La posverdad vendría a unificar en su seno dos condiciones de cierta tradición: por una parte, la idea posmoderna de la verdad como una intersubjetividad legitimada por un acuerdo tácito entre las partes (lo que creemos que es verdad es verdad aunque no lo sea, no necesitamos un referente real de contraste); por otra, la sensación de escasa fiabilidad informativa que caracteriza a los regímenes totalitarios, en los que toda noticia se recibe con un halo de sospecha y escepticismo, ya que la superficie sobre la que se asienta el discurso público es tan inestable y movediza como la necesidad gubernamental de reescribir la historia para acomodarla al presente de interés.

La verdad histórica o factual, en palabras de la filósofa Hannah Arendt, necesita de un testimonio para ser comunicada y siempre es susceptible de ser manipulada u ocultada. A diferencia de la verdad axiomática de los teoremas matemáticos, que tienen validez universal y atemporal, las narrativas sobre lo que verdaderamente pasó el 23 de febrero de 1981 o el 13 de marzo de 2004 siempre dependerán del tipo de testimonio al que accedamos y, en muchos casos, jamás sabremos lo que realmente ocurrió. En una observación que se vería vindicada por los ‘alternative facts’ de Kellyanne Conway, Arendt apunta que las verdades factuales incómodas tienden a ser transformadas en opiniones. Así, el consenso científico sobre el cambio climático pasaría a ser una mera opinión.

Las noticias falsas y las mentiras públicas destinadas a legitimitar intervenciones militares no son, claro está, nuevas. Ahí está el estudio de Lippmann y Charles Merz sobre la cobertura del New York Times de la Revolución Rusa o el ‘yo pondré la guerra’ de Hearst con el hundimiento del Maine atribuído a los brutos españoles en 1898. Pero el éxito de la palabra posverdad podría deberse a que consigue encapsular el ‘zeitgeist’ del momento: nunca lo tuvimos tan fácil para construir un ‘daily me’ con las piezas que más nos convienen, y nunca estuvimos tan cerca en los países demo-liberales de los países totalitarios en la sospecha de que nada de lo que nos llega es fiable.

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martes, octubre 17, 2017

Fake news: ¿qué hay de nuevo?

[Publicado en La Revista de ACOP, 5 de septiembre de 2017]

Los orígenes del periodismo profesional que se enseña todavía en las escuelas y facultades de comunicación pueden localizarse en el libro Liberty and the news (1920), un compendio de artículos en el que Walter Lippmann daba cuenta de las manipulaciones sobre la Revolución Rusa de las que había sido víctima el New York Times. A partir de entonces Lippmann se convertiría en el adalid de la profesionalización del periodismo y en un demoescéptico muy en la línea de Ortega y Gasset: la democracia ponía demasiado poder en masas desinteresadas y desinformadas. El único antídoto era una prensa profesional dispuesta a comportarse como un ciudadano a tiempo completo.

En 2016, la elección de un presidente posmoderno en EE. UU. se atribuyó en gran medida a los medios sociales: Facebook y Twitter habrían posibilitado la efervescencia de burbujas de opinión receptoras de noticias falsas que a su vez habrían encumbrado a un showman misógino e histriónico como Donald Trump. Los medios tradicionales, en su mayoría adeptos a Hillary Clinton, habrían sufrido una palmaria derrota como formadores de opinión. De repente, los medios periodísticos ya no eran poderosos, sino demasiado débiles. Pese a ello, Trump cargará contra ellos tildándolos, irónicamente, de ‘fake news’.

Hay algo muy viejo y muy nuevo en relación a Trump y las fake news. Lo viejo es la fijación de los líderes populistas con la prensa. Ocurría en los tiempos de Hitler (en los que acuñó el término lügenpresse, la prensa mentirosa) y ocurre en América Latina desde hace décadas. Lo nuevo es la proliferación de noticias falsas en medios sociales que dan rienda suelta a las fantasías más perversas del electorado, confirmando sus prejuicios y sus temores más íntimos, desde la homosexualidad de un Obama secretamente musulmán a las relaciones incestuosas entre Macron y las hijas de su esposa. Lo gracioso es que los beneficiarios de estas noticias falsas, además de los candidatos insurgentes o populistas que ayudan a propagarlas, son un grupo de chavales macedonios que se sacan un sobresueldo mediante los clicks en la publicidad que rodea a sus febriles creaciones. Una paga extra que, gracias al quasi-monopolio que ejercen Google y Facebook sobre la publicidad online, reciben de estos gigantes californianos que, irónicamente, suelen apoyar a candidatos demócratas.

Quizá estemos, como dicen L. O. Sauerberg y T. Pettitt de la University of Southern Denmark, ante el cierre del paréntesis que la imprenta de Gutenberg abrió alrededor del año 1.500. Los medios sociales nos traerían un revival de muchas de las características de la llamada “Primera Oralidad”: las noticias se entremezclan, se recomponen gracias a actores anónimos y nos llegan con cierto halo de sospecha. Las agresivas campañas del New York Times y el Washington Post para convertirnos en suscriptores no serían más que los estertores de ese periodismo profesional que se consolidó en la última fase de la era Gutenberg. En esta “Segunda Oralidad”, en la que el foro de referencia son las redes sociales y no los medios periodísticos, todos seríamos más susceptibles de creer rumores congeniales a nuestros prejuicios.

La era de los medios de masas, con su poder casi omnímodo y su proclividad a favorecer el establishment, no parece muy apetecible a las generaciones de nativos digitales. Pero las encuestas nos dicen que los jóvenes todavía acuden a los medios de referencia para confirmar lo que les sorprende en las redes sociales. Mientras cerramos el paréntesis de Gutenberg, seguimos recreando eternos debates filosóficos: ¿qué es la verdad?, ¿cómo podemos conocerla?, ¿de quién nos podemos fiar?, ¿cómo saber si estamos siendo engañados?, ¿puede la democracia sobrevivir en la segunda oralidad de los medios sociales?

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miércoles, mayo 10, 2017

Ni contigo ni sin ti: de cómo los nuevos actores políticos están redefiniendo la mediatización

Uno de los paradigmas dominantes en el estudio de la relación entre medios y poder, el de la mediatización de la política, otorga a los medios un papel central, ya que éstos vendrían a someter a la política a su lógica, provocando la simplificación de los discursos y la claudicación de los electos, siempre pendientes de adaptarse a las rutinas periodísticas. El profesor de la Universitat Jaume I (UJI) Andreu Casero-Ripollés, uno de los académicos españoles más destacados en el campo de la comunicación política, sostuvo en un seminario de doctorado de la Universidad Carlos III celebrado el miércoles 10 de mayo de 2017 que los actores políticos insurgentes están transformando, gracias a los medios sociales, dicho paradigma. Más que una desmediatización, se produciría una redefinición de la mediatización: los medios seguirían siendo centrales, pero su poder se vería reducido en virtud de dos procesos complementarios: la subversión de la mediatización (con los actores políticos sometiendo a los periodistas a su modus operandi) y la mediatización de doble vía (con los actores políticos, no solo los medios, introduciendo lógicas mediáticas en la política).

Según Casero-Ripollés, en la mediatización de doble vía se produce un cambio en la concepción de la comunicación por parte de los nuevos actores políticos, sean éstos movimientos sociales o partidos insurgentes: ya no se trata solo de encontrar la manera de comunicar un ideario político, sino que la comunicación pasa a concebirse “como la columna vertebral del proyecto político”, afectando a la propia organización del partido. “El proyecto político es también comunicativo, plantean una visión holística del papel de la comunicación en relación a la acción del partido”, a decir de Casero-Ripollés. Así, los actores políticos, y no solamente los medios o los periodistas, impulsarían la mediatización de la política.

La doble vía, afirma el investigador de la UJI, se puede rastrear a tres niveles: 1) el nivel macro, con un estilo populista de comunicación política, aprovechando los marcos interpretativos favorecidos por la crisis (miedo/esperanza); 2) el nivel meso, con los políticos hackeando los medios aprovechándose de sus propias reglas (sería el caso de Pablo Iglesias irrumpiendo en las tertulias televisivas) o con la incorporación de los fans/ciudadanos a la circulación del mensaje en redes sociales; 3) el nivel micro, con nuevos “liderazgos políticos híbridos”, conscientes del papel de los medios en la socialización de la política y de la importancia de acuñar catch-all frames que aglutinen bajo expresiones de significado amplio (‘indignación’, ‘casta’, ‘trama’) las más dispares reivindicaciones ciudadanas.

La subversión de la lógica de los medios por parte de los activistas, el segundo de los modos en los que se redefine la mediatización, supone un cambio de concepción de los medios por parte de los movimientos sociales: pasarían de ser “enemigos” a “fuentes a las que influir”. Es decir, lejos de someterse a la lógica mediática, los actores políticos insurgentes plantearán un nuevo marco de relaciones con los medios que obligue a los periodistas a bailar a su ritmo, subvirtiendo así el modus operandi de los medios.

En casos como el 15-M, la subversión de la media logic se articuló en torno a tres dimensiones, según Casero-Ripollés. En primer lugar, a través de la despersonalización: ya no hay un único portavoz, los líderes no son claramente identificables desde el exterior. En segundo lugar, a través de una ruptura de las rutinas periodísticas, obligando a los reporteros a escuchar interminables asambleas ciudadanas o a peinar las redes sociales en busca de equivalentes a declaraciones. El culmen de la subversión vendría con el redireccionamiento del proverbial agenda-setting, que no situaría a los medios como definidores de la agenda de temas públicos, sino como receptores de una agenda cuyos temas se establecerían a través de la viralización en redes sociales de ‘trending topics’.

La redefinición del paradigma de la mediatización, impulsada por actores marginales, acabaría influyendo en los agentes institucionales, sugiere Casero-Ripollés. Los partidos políticos pasarían a ser organizaciones híbridas que adoptarían prácticas comunicativas propias de los movimientos sociales.

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